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jueves, 16 de agosto de 2012

Yo pequé, mi Señor, y Tú Padeces

Yo pequé, mi Señor, y tú padeces:
yo los delitos hice, y tú los pagas:
si yo los cometí, tú ¿Qué mereces,
que así te ofenden con sangrientas
llagas?
Más voluntario, tú mi Dios, te ofreces;
tú del amor del hombre te embriagas:
y así, porque le sirva de disculpa,
quieres llevar la pena de su culpa.

Pues en los miembros del Señor,
desnudos
y ceñidos de gruesos cardenales,
se descargan de nuevo golpes crudos,
y heridas de nuevo desiguales:
multiplícanse látigos agudos
y de puntas armados naturales,
que rasgan y penetran vívamente
la carne hasta el hueso transparente.

Hierve la sangre y corre apresurada,
baña el cuerpo de Dios y tiñe el suelo,
y la tierra con ella consagrada
competir osa con el mismo cielo:
parte líquida está, parte cuajada,
y todo causa horror y dá consuelo;
horror, viendo que sale desta suerte,
consuelo, porque Dios por mí la vierte.

Añádense heridas a heridas,
y llagas sobre llagas se renuevan,
y las espaldas, con rigor molidas
mas golpes sufren, más tormentos
prueban;
las fuerzas de los fieros desmedidas
más se desmandan cuanto más se
ceban;
y ni sangre de Dios les satisface,
ni ver a Dios callar miedo les hace.

Alzan los duros brazos incansables,
y el fuerte azote por el aire esgrimen,
y osados, más y más inexorables,
braman con furia, con braveza gimen;
rompen a Dios los miembros inculpables,
y en sus carnes los látigos imprimen,
y su sangre derraman, sangre dina
de ilustre honor y adoración divina.

FRAY DIEGO DE HOJEDA

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